LA EXPERIENCIA JUDIA
en la
Argentina de hace medio siglo
ISAIAS LERNER
In the disappearance of small things, l read the
tokens of my own dislocation, of my own transiency. An exile reads change, the
way he reads time, memory, self, love, fear, beauty: in the key of loos.
André Acyman,
Shadow Cities.
Los
argentinos de mi niñez y de mi juventud tenían una idea peculiar de la
organización política del mundo. Para los argentinos de hace medio siglo (y
creo que esta concepción sigue viva), todos los asiáticos eran japoneses; todos
los italianos eran napolitanos; todos los árabes eran turcos; todos los judíos
eran rusos. Los judíos que vivían en Argentina tenían un chiste irónico para
esa provinciana miopía geográfica y cultural; este epíteto, no siempre benevolente,
era mucha veces aclarado por los propios judíos, mediante la expresión “soy
ruso pero de Rusia”, porque este modo de llamar, no pocas veces cariñoso: ruso, rusito, se podía transformar en insulto y pasaba a ser ruso de mierda. De esta visión
reduccionista no escapábamos, por cierto, los judíos: para los askenazim de Argentina, todos los
sefarditas eran turcos...
Sin embargo,
mis recuerdos de la década de los años treinta y cuarenta en la ciudad de
Buenos Aires (no puedo dar testimonio de la vida de los judíos en las
provincias) son los de una sociedad benevolente, en la que la diversidad
religiosa era un inconveniente algo desagradable del que no se hablaba. Sobre
todo era mejor no mencionarlo delante de los judíos. Por cierto, la población
de Argentina era y sigue siendo mayoritariamente católica. La iglesia oficial
era entonces natural y descaradamente triunfalista y misionera,
autocomplaciente y segura en la posesión de toda la verdad y de la única vía de
acercamiento a la divinidad y de salvación espiritual. Los judíos eran poco más
que un grupo reducido de obstinados, vagamente deicidas, de costumbres raras y
poco conocidas, probablemente perversas, pero sin duda, menos peligrosos que
los protestantes. Estos eran, en la tradición popular alimentada por un clero
bastante cerril, verdaderamente endemoniados. Sin embargo, dentro de la clase
media urbana, producto de una educación de tradición liberal y laica, una
actitud de tolerancia era la regla entre los católicos en cuyos círculos se
movía mi familia; éstos tenían una práctica religiosa mínima y reducida a un
ceremonial que rara vez iba más allá del bautismo, la primera comunión, el
casamiento y algún escaso rito mortuorio.
Estas
actitudes tenían, ciertamente, un evidente eco en la comunidad judía de
entonces. La vida judía no era nunca pública y mantenía sus prácticas
religiosas mínimas muy poco visibles. Esto quiere decir que llevábamos una
doble vida que hoy me parece falsa y enriquecedora al mismo tiempo. Éramos
judíos dentro de las paredes de la casa y ciudadanos de religión imperceptible
en la vida que comenzaba al salir a la calle. Por cierto, no recuerdo a nadie
que usara solideo públicamente; tampoco recuerdo la presencia de miembros de la
secta jasídica por las calles de Buenos Aires; las menciones acerca de la
comunidad en los periódicos eran mínimas y la vida social y cultural judía era
poco menos que invisible para el lector argentino medio, a pesar de la relativa
abundancia de actos cotidianos dentro de la vida comunitaria. La aceptación de
esta marginalidad de facto ni
siquiera se cuestionaba demasiado antes de la década de los años cincuenta. Nos
parecía que esta vida doble era el
modo más simple de encontrar un
espacio propio en una sociedad individualmente tolerante, pero monolítica y
adicta a la uniformidad en su estructura política, educacional y social y, por
tanto, poco respetuosa a las diferencias.
Todo esto
habría de cambiar con la creación del Estado de Israel y el afianzamiento del
peronismo como fuerza política mayoritaria. El cambio, sin embargo, no fue
rápido.
Hasta la
adolescencia, recuerdo muy pocos incidentes de antisemitismo en la pacífica
vida familiar de un Buenos Aires sin conflictos sociales visibles para la
burguesía. El problema estaba en Europa; y un sentimiento de ansiedad más o
menos palpable ensombrecía la vida cotidiana. Las noticias de la guerra no eran
al principio tranquilizadoras. Sin embargo, al comenzar el conflicto mi padre
compró un barril de vino de Mendoza y prometió abrirlo, como se hizo, para
celebrar la derrota de Alemania, de la que mi padre, optimista siempre, nunca
tuvo la mínima duda.
Probablemente
el discurso social y el discurso político estarían llenos de alusiones
raciales, pero yo era demasiado joven para registrarlas. Sin embargo, la forma
descarada del antisemitismo, bajo la persistente denuncia de conspiraciones
destinadas a destruir la independencia (“soberanía” era la palabra del código)
nacional solamente tenía espacio en la demagogia de la extrema derecha, aliada
siempre al Ejército y al bajo clero. Recuerdo las quejas y comentarios de mis
padres por la venta de libros virulentamente racistas. Los protocolos de los sabios de Sión, en edición argentina, se
vendía abiertamente en los quioscos de la ciudad; y el exitoso novelista
Martínez Zuviría, bajo el seudónimo de Hugo Wast, de lectura frecuente, si no
obligatoria en las escuelas, escribía también panfletos antisemitas en forma de
novela que no carecían de abundante venta. A pesar de ello, en la escuela
primaria todos formábamos un grupo más o menos homogéneo gracias al sentido
democrático de la enseñanza estatal, que no impedía un grado de segregación
intenso en el ámbito religioso. Basta un episodio para ilustrar este
desconocimiento mutuo. De niño yo no carecía de buena voz y cantaba como
solista en el coro de la escuela. No sabía, sin embargo, que el coro preparaba
conciertos de Navidad hasta que por error me invitaron a participar. Cuando me
hice presente en los ensayos, de cuya naturaleza no tenía noción alguna, se
creó cierta confusión que resolví no volviendo a aparecer. La segregación me
parecía normal; y de hecho, no me parecía correcto que, siendo judío,
participara en el coro de Navidad. Si recuerdo el episodio después de más de 50
años, es obvio que debo haberme sentido intensamente incómodo por mi error. Hoy
lo que me sorprende es mi ignorancia total de las actividades de mis compañeros
de escuela, quienes, sin duda, nunca debieron comentar conmigo estas cosas.
Vivíamos, pues, en un apacible gueto cultural y no sentíamos que sus restricciones
fueran graves.
Por otra
parte, además de la educación estatal, había también numerosas escuelas
privadas, católicas primordialmente, que se encargaban de la educación de los
hijos de las familias muy religiosas o simplemente ricas, aunque en muchos
casos las dos cosas coincidían. Enviar a los hijos a una escuela católica era
muchas veces, más que una decisión educativa o religiosa, un modo de separarse
económica y socialmente. Por otra parte, no recuerdo que hubiera entonces
escuelas judías que impartieran, además, la educación general obligatoria. Esto
llegaría más tarde, y hoy son varias la que funcionan en Buenos Aires; a
imitación de otras escuelas privadas, estimulan la separación social y
económica. No sé si son el resultado de la voluntad de dar una base cultural
más sólida a los hijos de las familias judías o el resultado del deterioro de
la educación estatal, libre y gratuita, cada vez más notorio, en el estado
actual de las condiciones económicas y sociales del país.
En todo caso,
lo que puedo recordar de mi niñez argentina es, en verdad, muy positivo y
enriquecedor. La vida cotidiana se deslizaba sin encuentros graves de índole
racial o de discriminación religiosa. Fuera de alguna alusión por parte de
padres de amigos, no de la escuela, sino de la calle en donde vivíamos, no
tengo presentes incidentes que me tocaran de modo personal. Sin embargo, el
recuerdo de la pregunta: “¿Ustedes son judíos?”, o el ocasional apelativo rusito, en apariencia inocentes, se
mantienen muy vivos en mi memoria, por lo que debí sentirlos como
malintencionados entonces. Particularmente la pregunta, porque quebraba los
límites impuestos por la norma: del origen o la religión judía no se hablaba en
público y la pregunta no podía verse sino como afrentosa puesto que
prácticamente todo el mundo alrededor era católico. Los nombres, los apellidos,
eran los delatores de una identidad solamente tolerada, pero no necesariamente
respetada. Esta identidad, sin embargo, se mantenía muy viva en el seno de la
vida familiar. La casa como fortaleza de la identidad era más que una metáfora.
Mis padres
no eran religiosos. Su judaísmo se definía como una pertenencia. No solamente
a una tribu sino más precisamente a una tribu cultural. Para mí, entonces
como hoy, era judío quien quería serlo: pero serlo suponía un compromiso con
un pasado que resultaba propio por la simple decisión de mantenerlo vivo mediante
su estudio y su conocimiento. Por razones que ignoro, pero que hoy imagino
mezcladas con el temor a ataques antisemitas más o menos imaginarios, mis
padres decidieron que aprenderíamos más la lengua, las tradiciones, la historia
judía si venía a casa un maestro. Ni mis hermanos ni yo fuimos, pues, a escuelas
judías; y había varias en Buenos Aires. Este aislamiento me resulta hoy misterioso
e innecesario, pero entonces creo que no me parecía sorprendente. Por otra
parte, la educación que recibimos en materia judía fue estrictamente laica.
Aprendimos idish fundamentalmente,
pues mi padre era un gran defensor de la cultura judía de la diáspora y vagamente
socialista. Es decir, que veía el antisemitismo más como un problema social
y menos como un problema teológico. Practicamos la lengua a través de muchas
lecturas de autores como Peretz, Scholem Aleijem, Mendele y poetas que recuerdo
más vagamente. También estudiamos algo de hebreo, que mi padre vinculaba negativamente
a la práctica religiosa. En cambio, aprendimos mucho de historia antigua,
en lo que tenía de más heroico e infaliblemente teológico, mezclada con las
fiestas del calendario judío.
La práctica
religiosa me fue desconocida hasta muy tarde, cuando, por voluntad propia y por
curiosidad, decidí frecuentar una sinagoga, con resultados poco satisfactorios.
En cambio, el ritual familiar se fue transformando en una práctica
folclórico-gastronómica. Pesaj (la Pascua) era matzot (pan ácimo), no la
lectura de la Hagadá; Sucot (la fiesta de las cabañas) era quesos y comidas
lácteas; Purim (la fiesta de la reina Esther) era el cumpleafios de mi abuela
paterna y regalos para compensar la ausencia de ellos en el día de Reyes...:
“Hoy es Purim / mañana ya no / dame una moneda / que ya me voy” cantábamos en idish para conseguir el regalo o la
moneda esperada... Rosh Hashaná (Año
nuevo) era bizcochuelos de miel; lom
Kippur (día del perdón) era no ir a la escuela, ayunar o no ayunar, y
esperar el atardecer para cenar con el resto de la familia, con la sensación
extraña de que empezaba y no empezaba un nuevo ciclo. Este aislamiento y esta
heterodoxia me marcaron para siempre y nunca he perdido el sentido intenso de
pertenencia a mi comunidad de modo que, como práctica pedagógica y cultural,
debo considerarla totalmente exitosa.
Las
cosas cambiaron a partir de la revolución militar que preludió, en 1943, lo
que sería la carrera política de Juan Domingo Perón. La escuela secundaria
supuso el comienzo de mi toma de conciencia política y el encuentro con su
compleja realidad en Argentina. Los compañeros dejamos de ser una familia
y pasamos a separarnos por categorías. Los profesores también comenzaron a
distinguirnos por razones no académicas. El pacto político de Perón con la
Iglesia, que le aseguró gran parte del voto católico en 1946, supuso la imposición
de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. La hora de religión era
sustituida, para los que no éramos católicos, por una hora de lo que se llamaba
eufemística o hipócritamente “moral”. A nadie se le ocurrió siquiera cuestionar
la designación. Era como si los que no éramos católicos estuviéramos necesitados
de un entrenamiento moral adicional. La materia se reducía, por lo que de
ella me queda en la memoria, a la enseñanza del pensamiento filosófico tomista,
o poco menos. Recuerdo perfectamente el leve desasosiego que representaba,
para los que no estudiábamos religión, salir del aula para asistir a la llamada
clase de moral.
No faltaban
tampoco profesores racistas. Recuerdo particularmente a uno, de cierta
visibilidad pública por su actuación abismalmente represora en el ministerio de
Educación, que se complacía en preguntar por el origen de los apellidos.
Enseñaba filosofía o lo que pasaba por psicología, pertenecía a la rama más
obtusa del pensamiento conservador y militaba en las filas del catolicismo más
reaccionario. En una abrumadora mayoría de apellidos españoles o italianos, la
notoriedad del origen eslavo de ciertos apellidos daba un claro significado
discriminatorio a la pregunta, que estaba dirigida a humillar al joven alumno.
En efecto, cuando preguntaba a un Abramovich, o a un Bochkovsky por el
apellido, la primera respuesta por parte del alumno era “es un apellido polaco”
o “es un apellido ruso”; sin embargo, lo que el tal profesor esperaba era que
el alumno dijera, como en una especie de admisión de culpa ancestral, “es un
apellido judío”, que los compañeros demoraban en contestar como estratégica
forma del desafío, que obligaba al impertinente profesor a repetir la pregunta,
haciéndola más específica. Incidentes de esta especie fueron separando los
distintos grupos y, paralelamente, enriqueciendo mi vida comunitaria. Me fui acercando
a las instituciones judías, fui participando cada vez más activamente en
actividades culturales que me interesaban y mi relación con la realidad
argentina se fue haciendo más oblicua. Quiero decir que mi pertenencia a la
sociedad argentina asumió, de modo muy agudo, la conciencia de una obstinada
complejidad.
La realidad
política, por otra parte, no permitía simplificaciones. El triunfo peronista
significó también una participación mayor de la comunidad judía en el juego
político. Por primera vez en la historia política argentina, un partido
político cortejaba a la comunidad como tal. La versión norteamericana de Perón
y su partido está reñida, naturalmente, de los sentimientos negativos creados
por la retórica antiimperialista que Perón manejó de manera insuperable. Sin
embargo, la imagen de un Perón racista o antisemita, frecuente en la opinión
norteamericana popularizada por un periodismo poco informado y simplista, es
totalmente equivocada. En verdad, Perón, por razones de amistad personal, por razones
ideológicas o por razones de oportunismo político, siempre mantuvo, como hasta
hoy mantiene lo que queda del movimiento peronista, una relación cordial y
pragmática con la comunidad judía. Los años de su primera presidencia
coincidieron parcialmente con los de la más activa participación societaria de
mi padre. En efecto, como presidente de la AMIA, que era la asociación que, en
cierto modo, representaba y centralizaba a las otras instituciones judías de la
ciudad, fue testigo de los esfuerzos del peronismo por atraer la simpatía y el
voto de los judíos, que constituían, en la ciudad de Buenos Aires, una fuerza
económica e industrial no despreciable. A pocas cuadras de mi casa estaba
ubicada la primera sede de la Asociación Israelita Argentina (OIA), que era el
nombre de la rama judía del partido peronista. Recuerdo que el propio
presidente Perón y su mujer asistieron a la inauguración. Era la primera vez
que un presidente se acercaba a la comunidad judía y la reconocía como tal.
Estos gestos
no impedían que el Gobierno siguiera permitiendo la descarada actividad
antisemita y racista de los grupos de extrema derecha que, a causa de la
retórica antiimperialista, se sentían mejor representados por el programa
populista del partido de Perón que por los partidos de centroizquierda o de
izquierda más o menos marxista con los que compartían el antiamericanismo. Sin
embargo, la componente católica más fundamentalista con la que también estos
grupos de derecha se solidarizaban y de la que recibían inspiración religiosa,
impedía armonizar este común rasgo ideológico. En verdad, en la confusión
ideológica que caracterizó siempre a la extrema derecha argentina, los judíos
eran el blanco de su intenso odio por razones perfectamente contradictorias.
Los judíos eran, al mismo tiempo, los representantes de una conspiración
capitalista organizada desde Wall Street para apoderarse del mundo y los más
conspicuos representantes de la conspiración soviética para apoderarse del
mundo también. La creación del Estado de Israel no hizo sino confirmar esta
teoría.
Durante los
años del Gobierno peronista, la cultura oficial quedó en manos incompetentes
salvo muy raras excepciones. Uno de los errores políticos más graves de esos
años fue el ataque del peronismo a la Universidad Nacional y a los
intelectuales que no se adaptaron a la política centralizadora y de obediencia
unánime a las decisiones de la burocracia política. Probablemente este ataque
fue inevitable, dadas las raíces ideológicas del peronismo, pero privó a la
vida cultural argentina de la participación activa en el mundo oficial de
muchos de sus representantes intelectuales y científicos más importantes. Como
resultado de ello, se inició el éxodo de figuras universitarias que se
repetiría años más tarde con intervalos ordenados por los acontecimientos
político-militares que definieron la vida argentina de la segunda mitad de este
siglo.
Las
actividades de carácter cultural más interesantes se vieron obligadas a buscar
en instituciones privadas como el Colegio Libre de Estudios Superiores, un
espacio legítimo para la actividad intelectual o científica de profesores
desplazados. En este sentido, la comunidad judía también ofreció refugio a
estudiosos y artistas a través de la labor cultural de la Sociedad Hebraica
Argentina, una de las instituciones más prestigiosas de la comunidad judía de
Buenos Aires, que en esos tiempos trataba de aunar las actividades deportivas
con las culturales, al tiempo que servía de lugar de encuentro social para los
jóvenes de la comunidad; en efecto, gracias al esfuerzo de sus dirigentes,
entonces mayoritariamente profesionales de ideología más o menos liberal y
también progresista, al programa de actividades culturales que incluía ciclos
de conferencias, cursos, exposiciones de arte y conciertos, se añadieron
actividades que permitían a profesores alejados por cuestiones políticas de la
cátedra universitaria, continuar el contacto con alumnos interesados. Allí
enseñaron, entre otros, León Dujovne y Abraham Rosenvasser cursos sobre
pensamiento judío e historia antigua, respectivamente, y Jorge Romero Brest,
sobre historia del arte. Los cursos de Rosenvasser me iniciaron en el
conocimiento histórico y en la mejor tradición historiográfica; no me cabe la
menor duda de que sus clases fueron de importancia fundamental en mi formación
intelectual. El esfuerzo por ofrecer cursos que iban dirigidos a otros campos
del conocimiento, como filosofía, ciencias y pedagogía, tuvieron poca duración
y finalmente, dejaron de darse.
Así, pues, en
la comunidad judía se daban las mismas oposiciones que caracterizaban la vida
política nacional. A su vez, había otros enfrentamientos ideológicos que
reflejaban las particularidades comunitarias. Si por una parte los grupos de
ideología más progresista habían tenido una importancia fundamental en la
estructuración de la vida comunitaria como resultado del papel antinazi de la
Rusia soviética en la II Guerra Mundial, por otra la creación del Estado de
Israel y el lento reconocimiento de las represiones estalinistas de tinte antisemita
favorecieron el afianzamiento del movimiento sionista y la lenta pérdida de
prestigio e influencia de los grupos socialistas más o menos simpatizantes de
la Unión Soviética. Por cierto, en la comunidad teníamos plena conciencia de
que estaban bien demarcados los territorios ideológicos a través de la
instrucción escolar que ofrecían las diversas escuelas judías. Las había desde
las francamente laicas, izquierdistas y no sionistas, con énfasis en la
enseñanza del idish y la historia de
la vida judía en la Diáspora, hasta las fuertemente nacionalistas, que
enfatizaban la enseñanza del hebreo y la necesidad de emigrar a Israel. De
hecho, la emigración de jóvenes argentinos fue muy numerosa desde los primeros
momentos del establecimiento del Estado judío. Los acontecimientos políticos
posteriores y la inestabilidad económica mantuvieron firme esta tendencia, que
tuvo particular resonancia durante la época de la represión militar de los años
setenta, no siempre desprovista de corte racista. Al mismo tiempo, la fuerza
inevitable de los procesos de asimilación y abandono de las raíces comunitarias
por simple desinterés o por adopción de la religión católica como resultado de
casamientos con no judíos, fue favoreciendo, además de los cambios sociales que
se operaban en el mundo entero, un resurgimiento de la vida religiosa que no
conoció mi generación.
Finalmente,
hubo un grupo de judíos en Argentina que se mantuvo notablemente fiel a la
cultura de la Diáspora, que giraba alrededor del mantenimiento del idish como lengua familiar. De hecho,
creo que en Argentina la permanencia del idish
se prolongó más firmemente que en otras comunidades. Instituciones como IWO y
el Kultur Congress ayudaron a la
consolidación de un numeroso grupo de hablantes y lectores que hicieron posible
el mantenimiento de dos periódicos diarios hasta la década de los años sesenta,
con un buen número de escritores y periodistas; éstos mantenían vivo el interés
por la lengua y la cultura que, sin embargo, no podían transmitir a la
generación siguiente. En la biblioteca de mi padre se conservaba, junto con
otros varios centenares de títulos editados en Europa y en Estados Unidos, la
colección completa de obras sobre la vida judía en Europa antes de la guerra y
crónicas de la desaparición de comunidades enteras, narradas por sobrevivientes
de la masacre nazi, editada exclusivamente en Argentina por el Kultur Congress y distribuida por todo
el mundo. Sin embargo, la misma generación que las editaba no podía contener el
alejamiento de los jóvenes y, en verdad, la consciente voluntad de la
generación siguiente por asimilarse a la cultura argentina de modo completo; se
trataba de historias y narraciones de un pasado que sentían ajeno: esos libros
fueron leídos solamente por la misma generación que los editaba y que habría de
desaparecer en pocos años. Con ella desaparecieron también semanarios y
revistas culturales escritas en idish;
los que sobrevivieron un tiempo debieron resignarse a publicar en español para
no dejar de existir inmediatamente.
Algo
semejante ocurrió con otras expresiones culturales; en las décadas del cuarenta
y del cincuenta funcionaban por lo menos dos teatros en idish con compañías nacionales y extranjeras que aprovechaban el verano
norteamericano para ofrecer una temporada teatral en Buenos Aires. Morris
Schwartz, Joseph Buloff, Jakob Ben-Ami son algunos de los nombres que recuerdo,
junto con Clara Stramer y otras actrices de renombre. Como representaban una
tradición teatral diferente, recuerdo que los actores y actrices argentinos
iban a verlos actuar para asimilar lo que parecían ser técnicas directamente
derivadas de la tradición del teatro ruso. A mí me parecían irremediablemente
melodramáticas, pero fue en la escena del teatro judío donde vi por primera
vez un Hamlet y donde vi representar
por primera vez a Lenormand. Por cierto no faltaban ridículos melodramas que
hacían sollozar a medio teatro, para mi espanto, pero reconozco que había
algo fascinante en la intensidad del sufrimiento en la escena que se destilaba
en el público. También funcionaba en Buenos Aires una compañía menos comercial
y más comprometida ideológicamente, IFT, que se mantuvo por más tiempo al
mezclar piezas en idish con otras
en español. Allí precisamente, vi el estreno argentino de La camisa de Lauro Olmo.
Pero la vida
de la comunidad judía en Buenos Aires estaba destinada a cambios que la
generación de mis padres no podía detener o encaminar de modo diferente. La
caída del Gobierno de Perón significó para la Universidad argentina una especie
de extraordinario renacimiento. Ella coincidió con el período más intenso de mi
vida universitaria y los inicios de mi vida profesional. Fueron, también, parte
de los mejores años de mi vida argentina. La muerte de mi padre precipitó mi
desencanto con la práctica religiosa y el alejamiento, por razones
profesionales, del estudio de cuestiones relacionadas con el judaísmo. También
el lento abandono de mi actividad comunitaria. Mis intereses intelectuales
buscaban horizontes diferentes de los que la vida judía argentina, dedicada a
melancólicas recuperaciones arcaizantes o a formas de la ideología sionista
demasiado estrechas, podía ofrecer. Con el retorno parcial de formas del
Gobierno democrático, los atractivos que ofrecía la vida nacional no se podían
comparar con los de la escuálida actividad comunitaria. En mi vida profesional
argentina no encontré dificultades de ninguna especie, salvo las creadas por
mis propias limitaciones intelectuales. Mi condición de judío, que no ocultaba
a nadie, no impidió nunca, que yo sepa, mi desarrollo como docente o hizo más
difícil mi trabajo de investigación. Por el contrario, la universidad se
transformó en el centro de mi vida intelectual y allí compartí intereses y
experiencias culturales con los más diversos grupos ideológicos. No recuerdo
sombra alguna de discriminación. Una atmósfera de respeto aparente hacía de la
vida universitaria un extraordinario centro de creación y de intercambio de
ideas como yo no había conocido antes. El común interés de la labor de
investigación eliminó todo tipo de diferencias en el ámbito universitario.
Tampoco tuve
dificultades aparentes en la enseñanza y nunca noté la menor discriminación en
los concursos en los que participé para entrar en al carrera docente dentro de
la Universidad. En mi experiencia de 10 años de actividad docente, entre 1956 y
1966, tampoco recuerdo ningún acto discriminatorio que me afectara
personalmente. Los acontecimientos posteriores demostraron que este sentido del
respeto por las diferencias no se extendía a todos los sectores de la sociedad
argentina. De hecho, en otras áreas y en otras especialidades de la clase
profesional y aun de la vida universitaria, parecían conservarse restos de
resentimientos que se traducían en discriminación. Pero muchos en la clase
profesional argentina padecen de ciertas formas de la manía conspiratoria que,
como ya hemos señalado, es típica de la extrema derecha en el pensamiento
político. Tampoco hay que descontar la tendencia hacia la historia lacrimosa y
persecutoria que algunas veces hace tan incómodo el diálogo con algunos judíos
argentinos.
Por mi parte,
esos años cuentan como una época de optimismo intelectual y de confianza en la
capacidad de los argentinos para cambiar las instituciones y perfeccionar un
sistema político bastante corrupto como modo de alcanzar un orden democrático
en el que deseábamos vivir. Esta situación cambió de modo violento, en más de
un sentido, en 1966, cuando los militares nuevamente intervinieron de manera
irresponsable y criminal en el proceso político argentino. Fui echado de mi
cátedra en el Colegio Nacional de Buenos Aires con otros 15 colegas, apenas
iniciado el Gobierno militar, por cuestionar una medida arbitraria del
interventor de la Universidad. Mi reemplazante en la cátedra, de reconocida
militancia conservadora, se apresuró a informar a las autoridades que en mis
clases yo indoctrinaba a mis alumnos en el marxismo. Estas violencias
administrativas hoy parecen benevolentes comparadas con las violencias físicas
que terminaron por sacudir a toda la sociedad poco después. Un nuevo ciclo,
similar a otros anteriores desde la tercera década del siglo, iba a comenzar
para Argentina. Fue cuando decidí alejarme radicalmente de los sombríos hechos
que se avecinaban y viajar a Estados Unidos. Esta decisión no solamente me
ayudó a rescatar mi vida profesional; tal vez también me ayudó a salvar la vida
misma. No tuvieron esa suerte algunos alumnos míos; tampoco la memoria de estos
sucesos de 1966. En efecto, en 1995 se publicó en Buenos Aires un suntuoso
volumen acerca del Colegio Nacional de Buenos Aires, fundado en 1772 con el
nombre de Real Colegio de San Carlos, sin duda una de las instituciones
educativas ejemplares de América y la mejor de enseñanza media en Argentina. En
sus 200 elegantes páginas no hay ninguna mención de los años de la intervención
ordenada por los militares, de la muerte violenta de algunos de sus alumnos o
de nosotros, los profesores cesantes. Estos “benignos” olvidos no son
infrecuentes en la historia oficial argentina.
A pesar de
todo esto, que implica muchos retrocesos aparentes en el proceso de convivencia
social, en los últimos 30 años, la comunidad judía en Argentina se ha hecho más
visible y su participación se ha hecho más activa en todos los sectores de la
vida pública. La actitud oficial de la Iglesia argentina parece haber cambiado
también según ha ido cambiando la del Vaticano, aunque algunos rasgos brutales
de violencia y discriminación tienen apariencia endémica. Las bombas que
destruyeron la embajada de Israel en Buenos Aires y el edificio de la AMIA, en
los actos de terrorismo más sangrientos que recuerda la población de Buenos
Aires, son testimonio evidente de la impunidad con que actúan ciertos sectores
marginales y francamente minoritarios en la sociedad argentina. Probablemente
nadie duda en el país de que se trata de hechos ejecutados por grupos
relacionados con la derecha más reaccionaria. El espectáculo de las ruinas de
la AMIA, que pude observar personalmente en agosto de 1994, fue tan
profundamente desconsolador porque era testimonio de tantas víctimas inocentes
y porque era un poco la destrucción física de una parte importante de mi
pasado. Se trataba de las ruinas de un edificio que conocía perfectamente, no
solamente porque mi padre había puesto tantas horas de esfuerzo comunitario en
él, sino porque allí se hallaba ubicado el museo y la biblioteca del IWO, que
mi padre también había ayudado a crear en la década de los años cuarenta. En el
IWO nos reuníamos un grupo de jóvenes interesados en recuperar una herencia
cultural destruida en Europa. En su silenciosa sala de lectura yo había pasado
horas de particular entusiasmo con textos que entonces resonaban en mi mente
con ecos familiares. Su diminuto bibliotecario, que observaba nuestra presencia
y nuestro interés con cauteloso optimismo, también participaba en largas
tertulias en que todos los aspectos de la cultura judía de la Diáspora eran
parte de discusiones interminables. Contemplar los restos irrecuperables de la
AMIA, creó en mí una melancolía intolerable. No volví a pasar más por el lugar
entonces, y no he vuelto después a Argentina.
Estas páginas
no pretenden ser sino un recuerdo personal, selectivo y arbitrario desde un
presente ajeno. Sin duda está teñido de mis nuevas experiencias en otra
sociedad. Tal vez parezca injusto pedirles objetividad. No la tiene ningún
recuerdo, ciertamente. Pero cuando se ejercita la memoria desde un presente
separado de la continuidad de las vivencias en una misma sociedad, el pasado se
interpela de manera menos ecuánime y los recuerdos se acumulan de manera
inesperada. Tal vez los acontecimientos relacionados con la vida judía han
cambiado en la sociedad argentina más de lo que puede parecer por estas
páginas. Tal vez las experiencias de la comunidad se han enriquecido y las
generaciones más jóvenes hayan conseguido recuperar hoy una suerte de
particular dinamismo creador basado en el diálogo más fluido y abierto con el
resto de la sociedad. De estos cambios deseables yo ya no puedo dar testimonio
certero.
lsaías Lerner
es profesor de Literatura Española e Historia de la Lengua en el Graduate
Center de la City University of New York.
Artículo
publicado en la revista Claves Nº 79 de enero/febrero de 1998
E-mail: claves@progresa.es
www.claves.progresa.es